Notas sobre Piedras dentro de la Piedra / Puesta en Escena

De una formación exhautiva Mariana Mazover, es directora, dramaturga y ha fundado y dirige la escuela de Dramaturgia Rodante Saquen una Pluma. Ella misma nos cuenta sobre el proceso creativo de Piedra dentro de la Piedra que está intimamente vinculada a los Pichiciegos de Rodolfo Fogwill.

http://www.puestaenescena.com.ar/teatro/761_piedras-dentro-de-la-piedra-de-mariana-mazover.php

Piedras dentro de la Piedra, de Mariana Mazover*

“Para los poetas y dramaturgos, en vez de homenajes yo organizaría ataques y desafíos en los cuales se nos dijera gallardamente y con verdadera saña: ¿A que no tienes valor de hacer esto? ¿A que no eres capaz de expresar la angustia del mar en un personaje ?, ¿A que no te atreves a contar la desesperación de los soldados enemigos de la guerra?”

Federico García Lorca

La noticia me impactó. “Adiós al Punk”; “Falleció el último maldito de la literatura argentina”; se repetían como un eco los titulares en todos los diarios y blogs de literatura. Se había muerto Fogwill. Desde hacía un tiempo – años, muchos años – me venía rondando en la cabeza la idea de trabajar sobre Los Pichiciegos (aquella magistral novela que narra la vida de un grupo de soldados desertores del ejército de Malvinas que se esconden bajo tierra invernal del fondo del mundo y allí quedan, forzados a una feroz lucha por la supervivencia, esperando que finalice la Guerra para volver a salir a la luz) y la noticia de la muerte de Fogwill me confrontó con la urgencia de hacerlo.

Cuando las imágenes que nos persiguen se convierten en una obsesión: allí nace una obra. Y eso fue lo que me ocurrió. Las imágenes vagas, imprecisas, difusas que me rondaban desde la primera vez que leí Los Pichis – en 2001 – empezaron a acecharme sistemáticamente, seguramente incitadas por las necrológicas que se publicaban aquí y allá y una vaga memoria de mi infancia: un primo de 18 años que fue a la Guerra y lo devolvieron arrasado.

Comencé a trabajar sobre los primeros bocetos del texto dramático sin saber hacia dónde iba a ir. Pero adonde iba yendo no me gustaba nada de nada. A poco de andar, pude entender qué era lo que me estaba pasando: muerto Fogwill cualquier intento de escritura inspirado en los Pichiciegos me resultaba una enorme falta de respeto. En mi imaginario, Fogwill ya era un bronce.
¿Cómo desarticular esta traba? me preguntaba. Tenía que abandonar el trabajo solitario de escritura. Y así nació la génesis del proyecto con el que finalmente terminé mi no-versión de Los Pichiciegos.  Inicié un proceso de Creación Colectiva. Desafío nuevo para mí: nunca había escrito una obra ni dirigido un proceso de creación colectiva, pero intuía que el único modo posible de destrabar mi escritura era embarcar a un equipo detrás de aquello que se me configuraba como una tremenda irresponsabilidad: meterse con Fogwill, sin saber cómo. Al menos así la irresponsabilidad sería compartida. Y así comenzó la aventura.

Convoqué a un elenco de 6 actores – y queridos, muy queridos amigos – que rápidamente se sumaron al proyecto. Alejandra Carpineti, Fernando Sala, Sebastián Romero, Pablo Correa, Laura Lértora y Hernán Lewkowicz – y empezamos a trabajar.  El encuentro con la los actores fue el verdadero punto de partida con el que escribí Piedras dentro de la Piedra, varios meses después del sacudón que me provocó aquel maldito titular que anunciaba la muerte del último maldito de la literatura argentina y mecida en la confianza enorme que me entregó mi elenco de actores para empezar a explorar ese mundo mítico y doloroso: La Guerra de Malvinas.
El trabajo dramatúrgico sobre fuentes literarias: preparando el trabajo para los ensayos de investigación.
Después de haber convocado al elenco, tuve que inventarme mi propio mecanismo de trabajo para encarar el trabajo de creación colectiva. Nuestro objetivo era llegar a construir un Mundo Ficcional propio, nuestros propios personajes, nuestros propios conflictos dramáticos y nuestro propio universo poético tomando como disparador a Los Pichiciegos. Apropiación y separación.

Me sumergí en un intenso trabajo de investigación – lecturas y relecturas – para precisar con qué, de todo el arsenal de imágenes y situaciones que plantea el texto de Fogwill iba a poner al trabajo en los ensayos y me formulé nuevamente la Gran Pregunta: cómo apropiarse de la obra literaria de otro autor para construir un universo poético propio.

Y la respuesta fue la de siempre: Para apropiarse de cualquier universo – cualquier imagen generadora con la que trabajemos dramatúrgicamente – la clave siempre es descubrir qué es aquello que resuena en uno: lo que nos irrita, lo que nos ofende, lo que no entendemos, lo que nos conmueve, las respuestas frente al mundo que buscamos cada vez que escribimos para no encontrarlas, pero para al menos quizás, exorcizarlas.

Trabajé sobre el texto de Fogwill aislando – casi caprichosamente – fragmentos que resonaban en mí: imágenes del campo de batalla, núcleos temáticos, pequeñas situaciones y diálogos, frases sueltas. Las fui transcribiendo a un cuaderno, separadas de su contexto, y a cada fragmento lo fui interviniendo con fragmentos de otras obras literarias: Beckett, Soriano, Walsh.

Paralelamente, trabajé aislando fragmentos del libro Partes de Guerra, una bellísima obra que conjuga periodismo y literatura, y que narra, a través de la articulación de testimonios de Combatientes de Malvinas todo el derrotero de la Guerra, desde el desembarco hasta la rendición y el regreso. Material que compartí con todos los actores.

Con todo ese arsenal de estímulos comenzamos a ensayar. El objetivo de los ensayos era construir el universo del la obra: mundo poético y personajes; y no construir conflicto y trama narrativa. Separé el trabajo dramatúrgico en dos instancias: la investigación del imaginario en torno a la Guerra, la indagación de Universo, La Construcción de Imágenes y la Creación de personajes lo trabajamos en conjunto en los ensayos, en el intercambio con los actores. Paralelamente fui construyendo  la línea dramática y la articulación de los conflictos -la trama- a modo de esquema dinámico; que fue el trabajo de organización y articulación del material surgido del proceso de ensayos. Y luego, escribí el texto de la obra.

Los ensayos: poniendo en marcha la maquinaria de la creación colectiva.

Empezamos a trabajar con la consigna de que cada uno llevara al primer encuentro la primera aproximación a su personajes (Nombre y Provincia de Procedencia, y algún registro biográfico); algunos objetos y vestuario y algunos textos-ladrillo (posibles monólogos de personaje) que cruzara textos de Pichiciegos con otras fuentes literarias que les despertara la novela de Fogwill.

Los primeros ensayos estuvieron inundados de textos bellos y duros: Fragmentos de Muertos sin Sepultura, de Sartre; de A Electra le sienta el Luto, de O’Neill; El arte de la guerra, de Sun Tzu. El trabajo con esos textos, al ponerlos al servicio de la acción durante las improvisaciones, que permitieron, a modo de trampolín, ir encontrando una voz para cada personaje. Con el correr de los ensayos, esos textos fueron cediendo espacio, y comenzaron a emerger las primeras imágenes específicas y enteramente nuestras de la Guerra; surgidas de la voz y la impronta sensible de cada actor.

Durante todo el proceso de creación trabajamos investigando formas de habitar el espacio de la Cueva y diversos núcleos temáticos o situaciones concretas ligadas a la supervivencia partiendo de un disparador textual de Pichiciegos o Partes de Guerra. Cada actor, desde su personaje, escuchaba la lectura del fragmento y desde allí comenzaban a interactuar. Cada personaje fue encontrando su propia relación con la Guerra, con la deserción, con el Ejército y sus vínculos con cada uno de sus compañeros. Cada encuentro era para mí una fiesta: ver, a partir de la propuesta inicial cómo cada actor fue ligando los textos que teníamos en común con sus propios hallazgos, cómo el encuentro con textos literarios facilitaba la exploración de ese mundo de la Guerra y la Deserción. La maquinaria de la creación colectiva estaba en marcha.
Al finalizar cada ensayo, charlábamos decidíamos qué preservábamos, qué descartábamos; qué profundizar. Tuvimos que hacer – ellos como actores y yo como directora  un movimiento fuerte; que fue producto de observar lo que nos iba pasando en los ensayos: la guerra nos era absolutamente ajena. Al encontrarnos con los fragmentos de textos que cada uno había extractado, muchas veces nuestra mirada era dolida y angustiada. Necesitábamos por lo tanto hacer un doble movimiento – identificar primero qué era para nosotros como colectivo de creación – hablar de la guerra –  pero también ir construyendo a la guerra; el campo de batalla y a la Cueva como una situación cotidiana: poder separar nuestra mirada personal de la mirada de cada personaje, para poder construir un punto de vista desde adentro.

Durante dos meses trabajamos tres veces por semana sumergiéndonos en el trabajo de creación. Algunos meses más tarde, cuando cerré la versión final del texto, esa alquimia sagrada de la creación colectiva me sorprendió: reconocía en ese texto mi impronta personal como autora, pero a su vez, sentía, sabía, que ese texto final – Piedras dentro de la Piedra – jamás habría existido en lo más valioso que al leerlo aún le encuentro:  las vocecitas, las palabras, las imágenes y las biografías surgidas del proceso de ensayo, hechas de la sensibilidad y la creatividad de cada uno de los 6 actores del elenco; y otras palabras escritas por mí, pero que jamás habría podido escribir si no hubiera podido ver y oír, mientras las escribía – a ellos – pura entrega al juego del ensayo – jugueteando de nuevo en mi imaginación; y en el espacio sagrado y el abismo de la hoja en blanco.

Los mismos interrogantes que abrimos en el proceso de investigación, cifrados, descifrados, ficcionalizados, pulsando en el texto y en la voz de los personajes.

¿Cómo se habitúa el cuerpo, el alma, a ese horror? ¿Cómo se lee la muerte desde adentro de la maquinaria de la muerte? ¿Cómo es el miedo cuando se instala en el cuerpo? ¿Cómo es la moral deshilachada del soldado? ¿Cómo se lee al otro en una lucha descarnada por la supervivencia? ¿Cómo se lee la abstracción de la Patria cuando en nombre de ella se es arrojado de cara a la muerte, sin entrenamiento militar y con fusiles que no funcionan? ¿Y las armas: cómo se trastoca la convivencia cuando cada uno de los miembros del grupo tiene al alcance un fusil? ¿Y cómo se piensa a sí mismo un desertor cuando el Honor, retórica convocante de la Guerra, se ha perdido? ¿Desertando se puede escapar a la muerte, destino inevitable, de la Guerra?¿Cómo se es, qué se espera, siendo parte, cuerpo, carne y voz de todo ello?

¿Cómo es ser soldado de una causa que en el Nosotros Inclusivo del lenguaje nos contiene pero que no nos pertenece? El lenguaje, siempre, una trampa tan mortal como la Guerra.

¡Hundimos un barco!Dice Fogwill que dijo su madre un día de abril de 1982.
“Hoy mamá hundió un barco”, dice Fogwill que tipió en su máquina de escribir, y que luego vorazmente escribió Los Pichiciegos.

Nuestros pichis son otros pichis: seis soldaditos perdidos en el fondo de la Tierra, que vinieron de Cuyo, Corrientes, Chubut, Santiago, Suipacha y Carlos Berg al fin del mundo a defender una Patria descuajeringada y filicida. Cuerpos-objeto de una planificación táctica y estratégica pasada de copas, pertrechados con fusiles sulfatados y miras infrarrojas hechas de papel celofán que se hartaron de andar boyando por la nieve como bola sin manija y se atrincheraron en el mismísimo centro de la Tierra.

El silbido de las balas, afuera. Adentro: las reglas básicas de la supervivencia: respetar la propiedad del otro. Los víveres, las repartijas, los hurtos a escondidas, el desabastecimiento, la imposibilidad de nombrar al miedo.

Nuestros Pichis son otros pichis. Un conscripto desertor que vio demasiada muerte en su Trinchera y descubrió que todos, absolutamente todos los soldados dicen la misma última palabra antes de morir. Pero no la revela. Sabe, su silencio, que quien posee el saber sobre la última palabra antes de que lo atraque la muerte, puede conservar aún la vida. Es Enrique, que entre sueños habla con Soldaditos de Plomo y planifica su estrategia de guerra.

Y Oscar: Un soldado que si transpira se congela, no puede moverse en la pichicera y se aferra con desesperación de naúfrago a todo lo que el Ejército le enseñó. Su abuelo vio pasar a Napoléon.

Un Chofer que trajo sus propia  flota de camiones transportadores de ganado desde su Corrientes Natal para ganar la guerra. Al regreso le habían prometido exponer sus camiones civiles en el Museo de la Batalla de Yapeyú. Es Marcelino Jesús.

Gandini: Sargento ideólogo de la deserción se aferra a la disciplina de Guerra y administra y vela por el cumplimiento de las reglas que garanticen la convivencia.
En la intervención del Universo de la Guerra de Malvinas y el Ejército de Soldados con personajes femeninos, pulsa, el amor. Pero la guerra es también la aniquilación de cualquier forma de amor.
Una mujer que quedó herida en el campo de batalla en forma de cruz, mirando al mar, llega a la Cueva desde su Suipacha Natal. Los heridos no se guardan, pero a Olga Ana la guardan igual.

Mabel, Mujer Sargento y matrona  de la Cueva, al ver morir al Cordobés Mario, descubre el Principio Mayor de Supervivencia: Dada una guerra, no te podés enamorar.

Nuestros pichis son otros pichis. Los 6 personajes, sumergidos entre piedras, arcilla y roca, esperando el fin de la guerra y preguntándose si Dios los podrá ver.

Los 6 esperando y sabiendo que si la guerra no termina pronto cuando llegue la primavera saldrá el sol, el sol derretirá  la nieve que rodea a la pichicera, el escondite se derrumbará, un alud acabará con sus vidas, y entonces, sus cuerpos muertos terminarán convertidos en rocas perdidas y olvidadas en las entrañas de nuestra Tierra. Posibles fósiles de un mundo futuro. Piedras dentro de la piedra.

Y haber escrito esta historia, e insistir en hacer teatro: una forma de trinchera.

Mariana Mazover


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