Piedras :: Crítica en GeoTeatral por Silvina Bernabé

“…y cada tanto una vibración suave del suelo daba la idea de que en algún lugar muy lejos algunos estarían bombardeando mucho a otros.” Los Pichiciegos de Fogwill

27.Julio.2012

Restos, desperdicios, dolor, miedo: en esta obra se trabaja con material residual y en este caso particular esos restos desechables no pueden ser movidos de lugar, es imposible invisibilizarlos. En este enfrentamiento con aquello que no queremos ver, lo oculto sale a la luz sin ningún tipo de máscara. Por otro lado, aquello que ya no está a la vista se imagina, se recuerda, se vive y se re-vive todo el tiempo. En una pequeña cueva bajo tierra estos personajes crean las reglas de su pequeña gran guerra que late allí abajo tanto como en la superficie. Mariana Mazover realiza una versión libre sobre la novela Los Pichiciegos, obra fundamental de nuestra literatura, y a través de su dramaturgia y dirección escénica podemos acercarnos a este universo desde una mirada crítica e inteligente.

Las imágenes de la guerra se filtran por metonimia en una construcción minuciosa del texto escénico. La guerra se visibiliza en los cuerpos, en las voces y en las relaciones entre los personajes. Cada actor aporta una gran sensibilidad para abordar a cada uno de los personajes que se encuentran allí abajo, refugiándose y de alguna manera luchando en el campo de batalla que se instala irremediablemente en cada rincón del escondite. Allí abajo los valores bélicos están trastocados: ya no se trata de eliminar al otro sino de conservar la vida desplegando diversas estrategias para finalmente poder volver, volver al pueblo, relatar una experiencia vivida e imaginada, volver con vida como la medalla más preciada.

Esta obra nos ofrece una visión de la guerra desde las profundidades de una cueva con desertores, desde allí ellos ven que el tiempo pasa y el final se acerca. Van a ser descubiertos, van a morir de una u otra manera y aún así estos personajes construyen un futuro a corto plazo en el día a día de la supervivencia. Desde este estado de cosas cada personaje decide su destino ante la visión de un final inevitable.

El encierro, la monotonía y el temor están logrados en cada momento de la obra, los actores mantienen el nivel de tensión necesaria, mezclada con momentos de absurdo muy bien logrados. La escenografía, realizada por Cecilia Zuvialde, aporta un lenguaje interesante logrando dialogar desde un lugar no-mimético con las imágenes de la guerra y el encierro. En un momento uno de los personajes se pregunta: “¿Dios nos está viendo?” y a partir de allí logramos entender más acerca de lo ridículo de una guerra y también acerca de la deserción y sus consecuencias. Los lugares asignados para lo correcto y lo incorrecto se desdibujan cuando la lucha se concentra en la conservación de la vida en medio de una guerra absurda.

Silvina Bernabé
silvina(a)geoteatral.com.ar

 NOTA: http://www.geoteatral.com.ar/nota/PiedrasDentroDeLaPiedra-Critica
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El ¿refugio? dentro de la guerra | Por Mónica Berman | Alternativa Teatral

El ¿refugio? dentro de la guerra | Por Mónica Berman | Alternativa Teatral

“Todas las historias son ficciones”, dice Hayden White. Y las citas epígrafe orientan la lectura de los textos. ¿Por qué el paraguas? Porque la nueva propuesta de la joven y talentosa Mariana Mazover abreva en la guerra de Malvinas. El punto de partida (sólo eso, nada más ni nada menos) de Piedras dentro de la piedra es la joya- novela de Rodolfo Fogwill, Los Pichiciegos, que también ficcionaliza esa guerra.

Ficción sobre ficción, con un referente real, complejo, doloroso, que lleva 30 años de heridas abiertas. Lindo desafío. Es imposible empezar a escribir sin hacer todas estas aclaraciones previas. Y también, nobleza obliga, otro comentario: los soldados de Piedras (como los Pichis creados por Fogwill) son soldados que desertan, que tienen un doble enemigo: los ingleses y los militares argentinos. Entonces, aunque el terreno es la ficción, será mejor aclararlo para no herir sensibilidades.
El espectador se enfrenta a una pichicera, perdón, cueva, construida de manera sumamente primitiva. Un refugio frágil, demasiado blando para proteger del peligro de la guerra. Un endeble tobogán comunica con un afuera amenazante y otro hueco lleva al lugar donde sucede lo que no se debe hacer visible (lugar para tomar decisiones, para guardar las escasísimas provisiones, para disponer un tacho para orinar y otro para defecar; nótese todas las cosas que se hacen allí). El espacio donde transcurre la acción está perfectamente recortado y encerrado, de tal modo que se contagia la premisa del ocultamiento.

Los personajes son “soldados” que huyeron de la guerra y que esperan el final de los acontecimientos en ese rincón incómodo de Malvinas. Esta convivencia provisoria, obligada, permite la reconstrucción de una serie de sucesos y funciona como síntesis de una totalidad que oscila entre lo patético y lo trágico: cuando disparan, en lugar de balas sale un líquido negro. Una oveja culeada los salva de un campo minado. Ellos repasan en voz alta las instrucciones para atacar un blanco.

Mariana Mazover toma varias decisiones. Una de ellas, incluir protagonistas femeninas en la cueva. Pero no son las mujeres que se juegan por la patria, sino las que huyen. Elige no contar la historia de los héroes de la guerra, sino de unos antihéroes profundamente humanos y conmovedores.

Eludo revelar los vericuetos del relato porque es mejor ir a verla sin saber algunas cosas. Incluso los que conocen la novela pueden olvidarla, como se olvidó aquí. De hecho los finales no coinciden, y yo diría, “por suerte”.

Sin embargo, es notable la construcción de los personajes: Enrique, el que es incapaz de recordar un renglón de contraseña y que está “en su posición”, incluso cuando ya es inútil; Oscar, el que fue a la escuela militar y se pregunta qué está y qué no, en el manual, sumado a su veta de inventor; Gandini, el de mayor jerarquía, que parece estar construido a partir de cierto estereotipo del que porta el poder, pero que en algún momento quiebra el modelo y cambia el horizonte de expectativas; Mabel, la que lleva adelante todas sus contradicciones, la que cuida a los heridos y cocina ñoquis, pero también la que abandona la palabra empeñada y se muestra autoritaria; Olga, la que llega buscando un refugio y carga con todas las torpezas del que desconoce cómo moverse en un territorio que le resulta ajeno; Marcelino, el camionero civil que cede sus camiones, con el sueño de que vayan a parar a algún museo. Y estos personajes no tienen desperdicio, porque están en manos de actores sumamente talentosos y muy bien dirigidos.

Así como en Los Pichiciegos hay una explicación, imperdible, de por qué los pichis asumen ese nombre, en Piedras dentro de la piedra hay una bellísima explicación del título de la obra, un título de ésos que dan para largas interpretaciones.
Piedras dentro de la piedra merece un análisis profundo y detallado al que voy a renunciar por una sola razón: no revelar cómo se arma el relato.

En una Buenos Aires en la que tantos descreen de las historias, pequeñas o grandes, y que ya no se preocupan por construir personajes, esta obra muestra que con buenos textos y personajes bien delineados, es posible conmover, hacer reflexionar, hacer sonreír y ¿por qué no? dejar un nudo en la garganta de los espectadores.

http://www.alternativateatral.com/critica308-el-refugio-dentro-de-la-guerra

Piedras dentro de la piedra” o el absurdo de la guerra puesto en escena por Sarah Gérodez – Buenos Aires Connect

Piedras dentro de la piedra” o el absurdo de la guerra puesto en escena
por Sarah Gérodez – Buenos Aires Connect

En 1982, en plena guerra de Malvinas, seis soldados, cuatro hombres y dos mujeres, se esconden en una cueva escapando del horror en el cual se encuentran sometidos. Ahora tienen dos enemigos: los ingleses y sus propios compatriotas que los buscan para fusilarlos por desertores.
Las relaciones de poder empiezan a aflorar, nadie las controla del todo ni las comprende realmente. El absurdo subyace a lo largo de toda la obra, entre la ingenuidad de los personajes, la potente artillería que los persigue y la tensión que va subiendo y encerrando a los protagonistas en una situación donde lo único que importa es mantenerse en vida.
La obra es una puesta en escena de Mariana Mazover, inspirada de fragmentos de los libros “Los Pichiciegos” de Rodolfo Fogwill y “Partes de Guerra” de Graciela Speranza y Fernando Cittadini. Fogwill fue el primero en publicar una ficción sobre la guerra de Malvinas, una obra rescatada varios años después, escrita contra las modalidades discursivas de la guerra y proponiendo un alejamiento del típico tratamiento de la figura del héroe.
La puesta en escena es muy prolija y las actuaciones convincentes. Mariana Mazover logra un equilibrio brillante entre humor y emoción, destacando el absurdo de las situaciones sin caer en el melodrama o la caricatura.
A la salida, para charlar sobre la obra entre amigos, está el barcito del teatro o sino dense una vuelta por El Troquet de Henry o la Casona de Humahuaca.

“Piedras dentro de la piedra” de Mariana Mazover
Teatro La Carpinteria
Jean Jaures 585 – Almagro
Reservas: http://www.alternativateatral.com
Todos los viernes a 23:00
Entrada AR$45

http://es.buenosairesconnect.com/artecultura/942-piedras-dentro-de-la-piedra-o-el-absurdo-de-la-guerra-puesto-en-escena

Piedras dentro de la piedra / Por Lucho Bordegaray // Montaje Revista // Mayo 2012

Una cueva donde se oculta un puñado de desertores. El miedo, el dolor, el hambre, el frío, la soledad, los mandatos sociales, el enemigo y la sombra del fusilamiento por la traición cometida los ha confinado a ser meros sobrevivientes. Y ya sabemos que sobrevivir se opone a vivir tanto o más que morir. Con mínimos destellos de solidaridad, reproducen la opresión de la que han huido y despiertan mutuamente las peores pesadillas.

La Guerra sigue empezando junto a sus cuerpos, ahí mismo.

Partiendo de Los Pichiciegos, de Fogwill y con plena libertad y reflexión propia, Mariana Mazover convierte esta asfixiante cueva en una clara metáfora de la Argentina del ùltimo cuarto del siglo XX, de esa sociedad que se alivió el susto disciplinándose para lanzarse luego al zafio salvataje del propio pellejo. La salida, una que posibilite un camio para todas y todos, aún no se ha encontrado. Perdón, aún no la hemos encontrado”

LUCHO BORDEGARAY / MONTAJE

Fogwill en Teatro: Piedras dentro de la piedra: Excelente propuesta teatral para pensar los modos discursivos de la guerra. Por Verónica Escalante para Leedor.


 

Los Pichiciegos es la mejor novela que se escribió en Argentina en la década del 80´ y una de las mejores de la historia de nuestra literatura. Es una opinión, claro, pero la disparo sin temor a equivocarme porque sería difícil no reconocer en ese texto algo del orden de la genialidad, del don inefable de la palabra, de las bellas palabras. Y Fogwill escribía maravillosamente bien, tiraba siempre a matar, apuntara donde te apuntara (al corazón o a la cabeza). Los pichiciegos no escapa a esa lógica ni a la sombra mítica de su creador, que supo hacer de sí mismo su personaje más recordado y conocido.

Según contó, la novela empezó a gestarse el día en que escuchó a su madre gritar “Hundimos un barco”. Fogwill escribió “Hoy mamá hundió un barco” y en setenta y dos horas, de un tirón y con varios gramos de cocaína en el cuerpo, nació la primera ficción sobre la Guerra de Malvinas, cuando aún el conflicto bélico no había terminado y antes de que surgiera cualquier testimonio de los vencidos.

El manuscrito circuló, en principio, en forma clandestina y tuvieron que pasar muchos años para que se reconociera el valor real de la obra. No se trata de una novela pacifista escrita en contra de la guerra sino más bien en contra de las modalidades discursivas de la guerra, “contra la realidad que impone el mismo estilo hipócrita de realizar la guerra y la literatura”, decía Fogwill en el prólogo a la primera edición. En efecto, la obra hace evidente la paradoja de la guerra: En las Islas, atravesados por el frío y el miedo a morir, lo primero que se pierde es el sentimiento patriótico, ese ideal colectivo que sostuvo la dictadura macabra (y que, desgraciadamente, abaló gran parte del país) para intentar salvarse ella, mandando al muere a miles de ciudadanos, sin formación militar, sin armas, sin comida y sin abrigo.

Se trabaja la materialidad de la guerra, lejos de la mítica figura del héroe; se habla de la nieve espesa, jabonosa y marrón, que nada tiene que ver con la nieve blanca de las películas, del dolor del cuerpo, del miedo inenarrable. Dice Beatriz Sarlo en su relectura de Los Pichiciegos: “La guerra, como el Holocausto, se denuncia en los objetos manipulados por una tecnología sofisticada o transformados por las artesanías de la supervivencia” y claramente la obra trabaja esta última materialidad: Los “pichis” son desertores del Ejército Argentino que decidieron salvarse a toda costa. En esa lucha por la supervivencia pierden identidad para convertirse en cuerpos-objetos, donde la lógica imperante es la del intercambio: cigarrillos, yerba, azúcar, pilas, polvo químico, lo que sea necesario para sobrevivir. En la Pichicera (la cueva subterránea) se libra, entonces, otra guerra, una guerra mínima pero igualmente absurda.

Todavía me resulta imposible leer a Fogwill sin vincularlo con Roberto Arlt por todo lo que su literatura tiene de corrosiva y por ese deliberado propósito de desacralizar el oficio del escritor. Siempre me gustó la idea, casi romántica, de que Arlt tuvo que morir joven para que Fogwill pudiera escribir todo lo que escribió (Vivir afuera, Música japonesa, Pájaros de la cabeza, Muchacha Punk, La experiencia sensible, Partes del todo, Lo dado y tantos otros), para que pudiera andar trabando y destrabando cabezas, para que pudiera escribir chistes de chicle globo como Arlt , muchos años antes, inventó medias de mujer casi indestructibles. En otros sentidos y con otras implicancias, me da por pensar que Rodolfo Enrique tuvo que morirse para que el nuevo Teatro Argentino pudiera, por fin, hacerse eco de su obra.

30 años después de la guerra (que son también 30 años después de la escritura del libro), Mariana Mazover se pone al hombro una textualidad compleja para llevar a escena en una versión  teatral inspiradas en fragmentos de Los PichiciegosPiedras dentro de la Piedra,  el resultado de arduas investigaciones, relecturas, intervenciones textuales, ensayos y, también, de la recuperación de la propia visión sobre la guerra, de su propio modo de leerla y de reflexionar sobre ella.

En Piedras dentro de la piedra se dialoga con Partes de Guerra (de Graciela Speranza y Fernando Cittadini), que hilvana reportajes a veteranos de guerra y combina literatura con testimonios, pero también se percibe la presencia de otras voces, como la de Samuel Beckett. Es probable que esa intertextualidad permita darle un poco más de entidad dramática a los personajes, un dejo mayor de subjetividad de la que carecen casi por completo los personajes de Fogwill que son pura materialidad práctica, en pos de la supervivencia. Uno de los personajes de Mazover se pregunta, con Beckett, si dios los podrá ver aunque estén ahí abajo.

Dentro de  pichicera, la obra recrea el espacio de opresión, el miedo que ahoga, que hiela los huesos, tanto o más que el frío, y la incertidumbre de no saber, de ser sólo presente, sin futuro o con un futuro incierto. Desde la escenografía, Piedras dentro de la piedra logra tramar, desde adentro de la cueva, ese estado de tensión y alerta constante, de duda sobre el afuera que resulta siempre un enemigo.  Un trabajo con el absurdo, muestra a soldados que se empeñan en vivir en estado de guerra, en imponer relaciones de poder aunque no saben cómo hacerlo, lo único que evidencian es la suspensión total de los valores porque no pueden hacer otra cosa. Cuentan lo que puede hacer, lo que hace la guerra con la subjetividad: se despersonaliza a los hombres. La condición humana se ve trastocada por la miseria más espantosa.

En Piedras dentro de la piedra también aparecen tratados algunos evidentes momentos de la novela aunque lo que se destaca es la intervención y la combinación de esos momentos con otros materiales y con otros interrogantes posibles. Se incorporan mujeres a la escena (una acertada licencia de la verdad historiográfica) para preguntarse y hablar, según palabras de la autora, sobre la imposibilidad del amor en tiempos de guerra. También encontramos la figura de un civil (como metáfora de patriotismo que no se atrevió a cuestionar nada) que termina huyendo porque la guerra también aniquila su deseo. Tiene anclaje en la cuestión del honor porque los personajes tomarán, hacia el final, una posición sobre él (algo impensable en Fogwill).

Hay algo de la condición humana, incluso de la solidaridad, que prevalece, que subsiste. La única naranja se comparte como signo de una frágil e inusitada fraternidad, destello de amor en la guerra (y referencia, pensada o no, que recuerda la escena del libro cuando el único sobreviviente Pichi lo encuentra a Pipo entre un detalle inexplicable: una naranja fresca y recién pelada).

La obra es una hermosa conjunción de factores, buenos actores, buena dirección y un exquisito trabajo con las palabras.  Estos son otros pichis posibles, otros seres sin identidad, sin futuro, carnes de cañón. Esta es la verdad sobre la guerra que nos propuso Fogwill y que nos propone también Mazover.

. “No he escrito un libro sobre la guerra sino sobre mí, y sobre la lengua de uno, que jamás escribirá contra la guerra, contra la lluvia, los sismos, las tormentas, y siempre contra las maneras equivocadas de convivir con nuestro destino” decía Fogwill en el prólogo a la última edición de la novela, y creo que estas nuevas lecturas de su obra nos proponen cuestionar nuestra relación con el lenguaje, con los falsos y fascistas discursos patrióticos y con el pasado, para preguntarnos cómo ese pasado actúa y repercute en el presente y de qué modo nos vemos modificados o interpelados por él. Cada cual tiene sus guerras y sus trincheras posibles, sus formas de resistirse al pensamiento único, a lo impuesto desde cualquier forma de poder (sea lingüística, política o económica). Y el teatro es también resistencia.

Es una alegría enorme que jóvenes dramaturgos argentinos hablen, lean, transiten la literatura de Fogwill. Es una alegría también que   Piedras dentro de la piedra forme parte de la cartelera porteña y que en nuestro país se pueda hoy debatir la historia y sus excesos en cualquier ámbito y desde cualquier perspectiva elegida.

Excelente propuesta teatral para pensar los modos discursivos de la guerra y para (¿Por qué no?) acercarnos a la hermosa forma de narrar que nos regaló el loco Fogwill.

FUENTE: http://www.leedor.com/

Puesta en Escena: Críticas | Piedras dentro de la Piedra, ecos de Los Pichiciegos que se agigantan / Por Teresa Gatto


http://www.puestaenescena.com.ar/teatro/1318_piedras-dentro-de-la-piedra-ecos-de-los-pichiciegos-que-se-agigantan.php

Críticas |  Piedras dentro de la Piedra, ecos de Los Pichiciegos que se agigantan

La obra de Mariana Mazover es una adaptación de la novela de Rodolfo Fogwill pero es además un ejercicio de lucidez dramatúrgica y puesta en escena.
por Teresa Gatto

“Porque cuando se escucha un cuento conocido y se sabe el final, igual divierte la variación de la manera de contarlo, o la manera misma de contarlo”  R. Fogwill

Hace más de un año comenzaron los ensayos de Piedras dentro de la Piedra. Mariana Mazover, su dramaturga y directora, dio cuenta en esta misma publicación del proceso creador de la misma evidenciando la necesidad imperiosa de crear colectivamente un universo ficcional propio porque cuando se respeta mucho a quién se va a adaptar la tarea se vuelve ciclópea o imposible, al menos en términos de libertad creadora. Una idea, un texto, en este caso el hipotexto Los Pichiegos con Fogwill recientemente desaparecido era mucho, pero la guerra, es mucho más. La guerra es esa experiencia que deja al sujeto protagonista sin habla, porque como bien señaló Walter Benjamin, lo inefable no encuentra narrador. Y si lo encuentra, el/los sujetos de la enunciación deben, necesariamente tomar atajos, entrar por las fisuras porque lo indecible no se deja atrapar.

Piedras dentro de la piedra, rinde tributo a la novela de Fogwill pero también, es cierto, irreverente y libre se desplaza por el cuento y los sucesos en un esquema de representación que le otorga una nueva vitalidad a su fuente literaria y la reviste de nuevos significados toda vez que los efectos de representación teatral sostienen otra dinámica que no es la de la lectura.

Así, la provisión de sentido navega tan autárquica como en la literatura pero juega el juego de la repetición/variación no sólo sobre Los Pichiciegos sino también sobre los sentidos de una guerra tan desgarradora como fue la de Malvinas.

Última contienda bélica narrada/mentida en forma de crónica, Malvinas sigue significando muchas heridas abiertas en estos lares porque su contexto histórico aún no cicatriza y porque todo lo que se trata de invisibilizar se agiganta porque fermenta hasta estallar y redimensionarse. La obra de Mazover cuenta una guerra pequeña dentro de la gran guerra. En una cueva un puñado de soldados y suboficiales encuentran el refugio que los cobije para desertar.

Saben que en manos de las filas enemigas su vida puede ser tortuosa, saben que en manos de sus jefes, su vida no vale nada. Pero sobrevivir dentro de la cueva es una complicada maquinaria de táctica y estrategia que no todos pueden sostener. Porque la cueva replica, idéntica al campo de batalla, el desconcierto, el miedo y la lucha por la subsistencia. En ella, hay quienes mandan, quienes obedecen, quienes leen, quienes comprenden y quienes sólo pueden acatar. El polvo químico con que secar las heces puede ser un asunto de Estado, una barra de chocolate motivo de disputa, un cigarrillo puede valer una fortuna y la vida nada.

Mazover que reitera el motivo de Fogwill, se la juega en la variación incorporando al sujeto femenino dentro de la escena. Sujeto que no participó en la contienda real ni en la ficcional pero que adiciona el deseo y también la posibilidad del matiz dentro del mismo género. Ambas mujeres, Olga en la piel de un gran trabajo de Alejandra Carpineti y Mabel, encarada por una orgánica y eficaz Laura Lértora, capaz de todos los matices que su género puede exhibir en semejante situación, tensan la cuerda de lo femenino en guerra. ¿Cuándo lo femenino no estuvo en pié de guerra? Pero metidas en la cueva, los distintos avatares les permiten sacar a relucir, eso que las mujeres conocemos tan bien y que Fogwill pone en boca de sus personajes “el miedo al miedo”. Así, Olga tiene miedo liso y llano y Mabel, le tiene miedo al miedo y sustenta el rol de la muñeca brava porque ya no hay nada de qué sostenerse. Porque le respiró a su amor al compás hasta que éste, exánime, pareció dejar de latir.

Los actores conforman también una polifonía notable, en que la mano de la dirección ejerce bien su trabajo. Mariano Falcón, Enrique, tipifica la inocencia y la ignorancia con la que todos los reclutados fueron a las Islas. Sus inflexiones alcanzan momentos de gran lucimiento junto al angelado trabajo de Hernán Lewkowicz, Oscar, el pelirrojito que cree que puede hacerse pasar por inglés o alemán, porque lo que está en juego es negar la deserción o no ser argentino. Si durante la dictadura la guerra fue un dolor más, las demostraciones de poder lo han hecho más vergonzante desde dentro de las demenciales fuerzas armadas hacia afuera de la cueva, de la isla y del continente. Alejandro Lifschitz, en el rol de Gandini, mantiene muy bien, mientras los sucesos lo hacen posible, un don de mando junto a Mabel que cederá conforme los hechos se precipiten. Marcelino, el dado por muerto, el reaparecido, en el cuerpo de Sebastián Romero, deja en evidencia que el enemigo está en todas partes y no necesariamente es anglo.

El diseño de iluminación y el signo sonoro colaboran para marcar tránsitos y derroteros subjetivos y externos en esa pequeña cueva donde se libra una batalla tal vez más cruel que la de afuera, la batalla de los que están en el mismo bando.

La gacetilla y el programa llevan como epígrafe un fragmento de Rodolfo Walsh “Tampoco me olvido que pegado a la persiana oí morir a un conscripto en la calle. Y ese hombre al morir no dijo: viva la patria. Dijo: no me dejen solo, hijos de puta”. Los soldados que fueron a las islas estuvieron solos y los que regresaron fueron invisibilizados por la misma dictadura que sólo pudo matar, robar y mutilar cuerpos y niños pero que ha perdido todas las batallas. A 30 años de esa horrorosa y vergonzante porción de sus desatinos, hay una generación que retoma las banderas desde muchos ámbitos y desde el arte, señala, acusa y hasta puede mechar trozos de hilaridad absurda pero siempre desde el lugar de la reivindicación y legitimidad de aquellos jóvenes de ayer que hoy podrían ser sus padres.

Una puesta teatral no es sólo una ficcionalización, es, además, como en este caso, la muestra de cómo ciertos materiales siguen circulando en forma de tópico, motivo u homenaje y son permanentemente puestos en discusión para que la letra siga haciendo su trabajo directo o transversal sobre una conciencia colectiva que cada vez puede agacharle menos el rostro a muchos héroes.

Doble homenaje, al gran Rodolfo Fogwill y a los soldados de Malvinas que ojalá hubieran encontrado una “pichicera” para esperar que escampe completamente porque no es héroe el que triunfa sino el que muere por una causa en la que cree aunque sea el único creyente o el que sobrevive para narrar, como sea, una barbaridad semejante.
Ficha Artística/Técnica:

Actúan: Alejandra Carpineti, Mariano Falcón, Laura Lértora, Hernán Lewkowicz, Alejandro Lifschitz, Sebastián Romero
Diseño de maquillaje: Ana Pepe
Diseño de vestuario y escenografía: Cecilia Zuvialde
Diseño de luces: Alfonsina Stivelman
Realización escenográfica: Vìctor Salvatore
Audiovisuales: Pablo Bellocchio
Música original: Mariano Pirato
Fotografía: Claudio Da Passano, Malena Figo
Diseño gráfico: Dalmiro Zantleifer Ojeda
Asistencia de escenario: Pablo Correa
Asistencia de escenografía y vestuario: Agustina Filipini, Emmanuel Parga
Prensa: Ezequiel Hara Duck
Asistencia de dirección y producción ejecutiva: Natalia Slovediansky
Dramaturgia y dirección: Mariana Mazover

http://www.piedrasdentrodelapiedra.wordpress.com

Funciones: Viernes a las 23:00 hasta el 29/06/2012
Duración: 60′
Localidades: $45,- y $35,-

La Carpintería
Jean Jaures 858 (mapa)
Capital Federal – Buenos Aires – Argentina
Teléfonos: 4961-5092
http://www.lacarpinteriateatro.com.ar